DEGRADACIÓN DE LOS ECOSISTEMAS TERRESTRES LATINOAMERICANOS

Martes, 19 de abril de 2011

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DEGRADACIÓN DE LOS ECOSISTEMAS TERRESTRES LATINOAMERICANOS

Probablemente, la causa más publicitada de la degradación del patrimonio natural latinoamericano sea la elevada tasa de deforestación, que dobla actualmente la media mundial, con una pérdida del 4,6% de la cobertura boscosa entre 1990 y 2000. Junto con la conservación de los ecosistemas naturales remanentes, la restauración o rehabilitación de los ecosistemas degradados es una herramienta estratégica en las memorias de todo acuerdo internacional enfocado a la mejora del medio ambiente local y global.

América Latina se extiende en dirección Norte-Sur entre 30º N y 60º S, con clima tropical desde el centro de México hasta el norte de Argentina y templado desde allí hasta el extremo meridional de Chile, donde cobra características subantárticas. Esta variedad climática junto con el amplio rango altitudinal, desde el nivel del mar hasta los 6.962 metros del Aconcagua, la orografía compleja, la influencia de dos océanos y la historia geológica, ha favorecido una riquísima diversidad de biomas y ecosistemas.

El proyecto Global 200 del WWF identificó 142 regiones terrestres especialmente sobresalientes por su biodiversidad, muchas de las cuales se encuentran en América Latina aunque, en su mayor parte, se hallan en estado crítico de conservación o son vulnerables.

¿QUÉ ESTÁ DEGRADADO Y POR QUÉ?

Si bien la transformación humana de los ecosistemas naturales latinoamericanos tiene origen precolombino, no cabe duda de que la colonización europea precipitó la tumba de bosques y la alteración de humedales y praderas para usos agrícolas y pecuarios, modificando irreversiblemente la naturaleza primigenia de la región.

Probablemente, la causa más publicitada de la degradación del patrimonio natural latinoamericano sea la elevada tasa de deforestación, que dobla actualmente la media mundial, con una pérdida del 4,6% de la cobertura boscosa entre 1990 y 2000.

Entre los ecosistemas forestales más valiosos y a la vez más reducidos en su extensión original, más fragmentados y con sus remanentes más degradados, se encuentran los bosques tropicales secos de Centroamérica y la mata atlántica de Brasil, que tan solo conservan sin alterar, respectivamente, un 2% y un 4% de sus áreas primigenias.

La ganadería extensiva y la agricultura, tanto itinerante como intensiva, junto con los impactos que de ellas se derivan, como los incendios, se cuentan entre las causas principales del avance de la frontera agrícola sobre los bosques. La apertura indiscriminada de vías de comunicación, y las talas de maderas valiosas para uso comercial, aceleran además el empobrecimiento interior de los parches forestales remanentes.

Pero no solo sufren los bosques, porque ni las praderas ni los matorrales que cubrían las áreas con limitaciones naturales para sustentar formaciones boscosas se han librado de la degradación, especialmente en zonas áridas y semiáridas.

Aproximadamente el 90% de las praderas que se observan actualmente en la región corresponde a los ecosistemas originales (el 70% de las praderas de las planicies y el 20% de las montañosas), mientras que el 10% restante procede de la transformación humana de los bosques.

Las llanuras del Chaco, por ejemplo, fueron deforestadas a principios del siglo XX para producir el carbón que alimentaría al ferrocarril, y el subsiguiente sobrepastoreo de los prados resultantes hizo desaparecer las gramíneas nativas y transformó los pastos en matorrales improductivos con amplias superficies de suelo expuestas y erosionadas.

En la Patagonia, a la deforestación iniciada a principios del siglo XIX para la cría de ovejas, vino a unírsele después la causada por la industria petrolera. El sobrepastoreo y la extracción de leña por parte de las comunidades rurales han colaborado en la desertificación de la región.

Más de la mitad de la superficie del Cerrado brasileño, una de las prioridades mundiales en la conservación de la biodiversidad, ha sido transformada a pastos y cultivos comerciales en las últimas tres décadas.

La degradación ha progresado a través de la fragmentación del sistema, de la pérdida de biodiversidad, de la contaminación del agua, del incremento de la extensión y recurrencia de los incendios y de la severa alteración de los suelos.

En las alturas de los Andes, la degradación de los páramos está teniendo severas consecuencias ambientales a diferentes escalas geográficas. Estos ecosistemas, que incluyen mosaicos de pastizales, prados de frailejón, turberas, puyas y chuscales, con gran capacidad de captación de carbono y una enorme biodiversidad, tienen entre sus principales funciones la regulación de los caudales de las cuencas inferiores que, de permanentes, están pasando a torrenciales.

Como causas más citadas de la degradación de los páramos andinos se encuentran la explotación de turba y la desecación de las turberas para uso agrícola y ganadero, la migración hacia estas zonas vulnerables de comunidades que importan con ellas formas de cultivo y pastoreo inadecuados, e incluso algunos programas de forestación mal concebidos.

Junto con bosques, praderas, matorrales y desiertos, más o menos intervenidos por el hombre, los ecosistemas que han sido transformados para uso agropecuario tienen una notable representación territorial, además de una importancia estratégica en la conservación integrada del capital natural.

Dependiendo del manejo que se les dé, los sistemas agrícolas y ganaderos pueden ser un foco de degradación o, por el contrario, elementos benéficos para el mantenimiento de la biodiversidad global del territorio.

En América Latina, estas actividades han dañado significativamente unas tierras de por sí vulnerables, tanto que el 26% de los suelos mesoamericanos y el 14% de los sudamericanos están actualmente degradados y que gran parte de los sistemas agropecuarios aparecen exhaustos, especialmente en las zonas secas, donde el 73% del suelo bajo este uso sufre algún grado de deterioro.

Las praderas oriundas de Centroamérica están sobrepastoreadas, lo que implica una pérdida progresiva de la productividad del pasto.

En la zona húmeda de Costa Rica, los pastos oriundos empezaron a sustituirse en los años 70 por especies africanas más productivas y de crecimiento rápido y vigoroso pero, a la vez, altamente consumidoras de agua y de nutrientes, por lo que la degradación de los suelos empezó a manifestarse a escasos cinco años tras su siembra.

En las áreas secas del Pacífico, el exceso de carga ganadera indujo una erosión estimada recientemente en 250 t de suelo perdido por cada tonelada de carne de vacuno producida.

La degradación del paisaje latinoamericano ha sido frecuentemente imputada a la agricultura de los pobres, pero este discurso merece ser revisado a la vista de las políticas agrarias de algunos de los países más desarrollados y emergentes de la región.