El Error Grita

Úrsula Ándres

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Tiempo atrás, al traspasar el túnel del tiempo, sobrellevé dos incomodidades, el espanto de sentir la clásica inquietud de la primeriza y, a la par, tres riñas: una inmolando mi memoria, otra urgiendo mi ánimo y torturando mis oídos, la tercera.

Merodean y molestan, mi reiterado intento de recordar un ritual, el caminar lento de dos acompañantes y mi avidez de silenciar su vociferante disputa verbal

Furiosa, detengo mi marcha, intento enfrentar al dúo pero recibo un golpe y evoco la primera lección del viejo profesor de ciencias: “Eviten los pleitos, y recuerden un ritual, el saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan”.

Riendo retomé mi caminar. El decir del profesor escoltaba mi viaje y nada se de la tierra a la cual llegaría. Deseaba hallar el desplome de los perversos, la censura al crimen, el desistir de la maldad, emigrar de la ignorancia, dejar la brutalidad, sentir las miradas de estimación a las personas y a la naturaleza, proteger al indefenso.

Encontré otro mundo, cursi y soñado, cruzado con huellas de preocupación, impresiones de miedo, sensaciones de enojo, sentimientos de disgusto. Por miles de razones falta lluvia, muere el ganado, no hay semillas ni cosechas y la calor es enorme.

Según cuentan los antiguos, solo queda mirar, sentir, pasar hambre, juntar relatos de ternura y barbarie, fastidiarse con la miseria o pellizcar una pizca del infinito como lo imaginó el niño Gael Omar León, la mañana de su arribo a esta aislada comarca.

Desde lo insondable, en las postrimerías del lejano siglo veintiuno, la tórrida germinación de una madrugada aprisiona la magia del niño, y ase una salvaje chifladura torturando a una vecindad dañada, desde el arruinado herrero a la cachazuda hembra que topó con la madriguera de Gael, vecindad magullada con el avance de la desertificación y la diaria batalla por sobrevivir, una bestia con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón vomitando llamaradas, todopoderosa quimera en los corredores del infierno.

Fue este sórdido infierno el motor de una cruel reseña pueblerino: “Con su lentitud en el modo de hablar, su frialdad de ánimo y silencio en el obrar, la mujer recogió y crio al chiquito, excitada por su manía de capturar niños a los cuales castraba y nutría para luego devorarlos en una banquete de pavorosa bestialidad, nacido para ser comido, ruin hervidero de locura, mayor y más penoso de lo imaginable”.

Tras su nacimiento, Gael se encuentra en el centro de una tragedia, come y come, y, tal como el embrión se desarrolla hasta convertirse en una planta, crece y crece, ignorando su destino relacionado con opciones criminales, contextos de hambre y vecinas con penetrantes complicaciones mentales, clamando por librarse de las etapas del éxodo y la tortura, aferradas a este andurrial apodado morada de hechiceros.

Y, en otras lejanías más pobres, más allá de los límites de la vecindad, donde los ancianos allegados desaparecen misteriosamente, como si se diluyeren en el canturrear del eucaliptus mecido por la ventolera norte.

Esta brutal práctica de esa morbosa desviación es altamente visible y básica para el nativo desplazado por los caníbales afuerinos. Hechos aún ignorados por madres, niños inocentes, ancianos postrados o cocineras chamuscando carnes acarreadas por caseros, proveedores de todos aquellos sobrevivientes encerrados en sus casas aún en pie. Y, esta hambruna dio base a una cruel noticia que el tiempo se encargó de rectificar.

Con el típico letargo en su modo de hablar, su frialdad de ánimo y silencio en el obrar, la mujer coge y cría al chiquito. Con gran entusiasmo lo alimenta; día a día, cuida su salud, con aplicación y tacto le protege de todo daño, vigila su crecimiento, lo engalana y cuando Gael toca los quince, ella cumple cuarenta bien llevados años y emerge su ardiente alucinación mujeril por el mancebo, al punto de abrir un diario de vida para relatar lo que sus ojos descubren:

A la luz del suave atardecer, su semblante era imponente.
Su larga cabellera y las delineadas cejas suavizaban su mirada.
Una ilimitada confianza en sí mismo estaba presente en su cara.
Al mirarlo con atención se notaba su actitud honesta y bondadosa.
Lucía una frente despejada y la nariz acentuaba un perfil optimista y risueño.
En su altivo porte se predecía una bravura capaz de dominar toda obcecación o intolerancia en su actuar, señal de una vitalidad realmente maravillosa para un joven de su edad.

Gael atesora estos momentos y sabiéndose sano, íntegro y varonil, cree estar en un paraíso. Desfilan los días, sube la fogosidad de la hembra al preparar el encuentro, maneja su atracción de proveedora, veloz se aproximan el destino inevitable y la tragedia ineludible; la seductora belleza del joven y la obligada exoneración del edén crecen juntas. Sobrevino el momento de cobrar tantos desvelos y sacrificios, presupone ella, y diversas imágenes y apetitos rondan en su cabeza. Y, por desconocer su status de mantenido, y nunca imaginar su futuro rol de amante, Gael vive un sueño.

Así, el encuentro con la realidad fue salvaje; una medianoche Gael conoció el descenso a un helado subterráneo, hasta ese momento sitio secreto y oculto para él, aprendió a mover artilugios y puertas, observó los desplazamientos de su guía, el uso de herramientas. Y resbaló a los más turbadores abismos del espíritu humano.

Presenciar que su único alimento era carne humana no dolió; el aborrecible canibalismo es una práctica de simple sobrevivencia, el hambre es invencible. Espeluznante fue su participación en el asesinato del prisionero; un vapuleo, su forzada intervención en la mutilación del cautivo, un frenético y delirante angelito no mayor de diez años; y, una siniestra perturbación fue conocer en directo, la pasión y el macizo ímpetu de la fornida y corpulenta hembra en su quehacer de madre y proveedora.

Estos feroces sucesos fueron el principio del fin pero, mucho más brutal que el despertar de un mal sueño y más doloroso que el violento desalojo de una vida paradisíaca, fue experimentar y padecer el rol de amante de la madre y su status de mantenido por la proveedora.

Gael fue testigo presencial de la impulsión ciega de un sexo hacia el otro con el fin de conseguir la unión sexual. Era el sexo que atraía al sexo. El ardor de conseguir placer logrado con intimidación para vencer la oposición del sujeto codiciado.

En un principio pensó que la resistencia escrupulosa de la víctima doblegaría la voluntad de la madre. Y, dolió salir del engaño. Con el empleo de la fuerza Gael sería forzado a satisfacer un instinto sexual que no compartía.

Bastó con el insistente encierro de once o más días en una estrecha celda sin ventanas y baja altura; esta vejatoria presión, sin comida y casi nada de agua, lo forzó a soportar relaciones sexuales malditas.

Y, para la hembra, un nuevo y placentero regalo fue la manifiesta aversión y oposición de Gael al acceso carnal; saciar el apetito sexual mediante apremió, contrario a las más elementales nociones del consentimiento, resultó ser un adicional y excitante deleite femenino.

Pero, el hecho traería consecuencias, como es evidente para cualquier mortal medianamente informado, en época de sequía nadie revive un sabio refrán: “Tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe” y esto acarreará secuelas.

Las reiteradas violaciones y numerosos sucesos de abusos, golpes inclusive, encaminan al joven a una condición límite. La esclavitud es intolerable y su cárcel tiene una sola puerta de salida que demanda búsqueda y acierto.

Y, el mágico encuentro se originó una medianoche, cuando el hijo y la madre bajaban al subterráneo; Gael se detuvo, abrió la puerta, dio paso a la hembra y ella, al pasar, acarició el rostro de su hombre y una vez más, con insinuante gesto, allega su cuerpo al macho y excitada lo aprisiona al muro de piedra.

La conocida faena se realizó en silencio, intensificada por miradas y sonrisas de complicidad, artilugios y desplazamientos femeninos pero, hoy afloró un cambio, el joven varón provocó a la hembra.

Asombrada ella se entregó a la pasión y tuvo respuesta, por primera vez Gael saboreó la relación sexual y de pasada dio espacio a dos placeres adicionales, antes de desnucar a la hembra, atiborrado de rencor se precipitó en los más chocantes sumideros del furor inhumano.

Gael no pudo reprimir un estremecimiento cuando se inclinó ante el cadáver, era el fin de su pesadilla. La ansiada libertad estaba cerca, el monstruo yacía inerte; ordena su ropa, desnuda a la mujer, luego toma el hacha hogareña, la fuente grande, instala ollas y peroles al alcance de la mano, recoge restos de ropa muy usada y, cuando todo está preparado y dispuesto, echa un vistazo al cadáver, eleva la mirada, recorre la estancia, suspira y con insólito esmero inicia la faena ya conocida, baña con femenina grasa unos leños, los sitúa en el fogón, encima pone astillas, coge el pedernal, lo aporrea hasta lograr que las chispas inflamen la grasa y ardan las astillas justo al tiempo que viene a su memoria una historia muchas veces narrada por la brutal mujer, hoy inmóvil frente a él. ¿Quién lo diría? Ella dijo el pedernal visibiliza la dureza extrema:

A la luz de los leños prendiendo, Gael se ve terrible.
Su boca luce una cruel expresión y sus dientes fiereza.
Su rostro inmutable prolonga una sorprendente palidez.
Sus ojos oscuros están clavados en un punto indeterminado.
Su mentón luce desafiante, firmes sus mejillas y pálidas las orejas.
Sus manos lucen anchas, cortos y gruesos sus dedos, largas sus uñas.
Vislumbrar la energía que emana de su figura, sobrecoge y atemoriza.
Oler su fétida ropa y verla brillar a la luz del fuego, absorbe y constriñe. 

Violaciones, abusos y golpes dirigen las manos del varón, el procedimiento lo conoce y su cárcel tiene solo una puerta de salida, él y su hacha la conocen; con destreza dividió el cuerpo en trozos cortos, algunos fueron a la fogata y los más se colgaron en los hierros y garfios del helado subterráneo; camina, llega al rincón, allí está oculto su segundo tesoro más preciado; lentamente desplaza una piedra, mete su mano, coge la pequeña vasija y la retira, la lleva a sus labios y bebe un poco de la fresca agua de vertiente que guardará para el consumo de una semana. Feliz, disfrutó de la libertad alcanzada y soñó que ella se mantendría por siempre.

Durante los próximos meses solo comió para conservar la vida, desabrida y pesada se apreciaba la carne de la monstruosa hembra desnucada.

Cazuelas, carbonadas, arrollados y ajiacos, cocinados sin papas y sin cebollas, carentes de zapallo, zanahorias, pimienta, comino, orégano, son su almuerzo y su cena. Rememoró la carne tierna, su impetuosa ambición y fuerte anhelo pero, un picadillo desprovisto de ají, ajo, perejil y sal, es más sabroso que los hierros y garfios vacíos.

De pronto llegó la ansiedad, vibrando en avideces quiso escribir y cabalgando en penurias buscó punzón, roca, suelo terroso, piedras, una rama seca: “en el asedio y en el apuro cada uno comerá la carne de su amigo,” pensó y trató de anotar.

Sí, dijo gritando para sus adentros, de vez en cuando la opción es inhumana y feroz, una cisura en la negrura de modelos crueles y paradigmas intolerantes. El coraje será mi credo y un ayuno testimonial bien vale una vida.

Al tiempo, en el transcurso de una negra noche sin luna, la violenta comezón del hambre despierta un poderoso ardor, agudiza la curiosidad y estimula un enérgico interés. Recoger alimento antes que unas olas de coraje bañando las playas de la ira o una llovizna de temores regando campos de penurias rojas, nos empujen al suicidio, exclamó para su obrar interior ¿su conciencia quizá?.

Fantasmagoría alucinante y obsesiva que lo conduce a raptar y matar. Varón necio, en vedas severas hay más desesperación y más ira. ¿La privación vale un humano?

Terrible pretensión, comenta el vecindario, el acomodo humano es inevitable y la tragedia familiar ineludible. Como la luna al eclipsar, o el sol al despuntar la mañana, los apegos en la cuna y en el destierro, se dejan ver, emergen, se revelan, crecen y mueren murmurando: - “Gente fiera de rostro… comerás el fruto de tu vientre”.

Los residentes, agónicos ya por la falta de alimento, inventan lo inaudito para mantenerse pero, no todos. El débil y desprotegido anciano, varón probo que pasa el tiempo jugando a vivir por encima del bien y del mal, presumiéndose inocente del cambio climático, cree mejor morir que padecer hambre o llegar a ser aderezo de cultivo para toda feroz conspiración que busca en el pasado claves para frenar la tragedia: “Salir de la perversión, rectificar errores, frenar la muerte de inocentes víctimas de la desidia humana”.

De improviso, ante un sorprendente arrebato sin lógica alguna, un gigantesco antojo invade a Gael; un enorme sol excita su imaginación, el anhela jornadas con lluvia y su rostro luce reflejos de esperanzas. Vehemente busca algo para rayar, un tronco y un pincho, su dedo y arena, explora y escudriña hasta dar con lo demandado y trató de escribir   “Os ha de venir mal en los postreros días generación torcida y perversa”.

Y, la paranoia se desata; en los senderos la gente comienza a reunirse con avidez de venganza y sequedad de humanidad. Los ánimos se incendian; se persiguen y acorralan criminales, un grupo logra reducir a seis de ellos y la acción aviva oscuros odios, activa profundos rencores y apresura furiosos deseos de linchamiento.

Sometidos y humillados, los presos se resguardan de los golpes a la espera de la horda que acabará con ellos; dos vecinos logran escapar y salvan la vida.

No será la primera ocasión de captura y linchamiento, el clima y el populacho lo garantizan; horas después, dos vecinos son eliminados. Y, eso ocurrirá con Gael, un viernes es capturado y torturado a voluntad y, el sábado siguiente es azotado y colgado hasta la muerte.

¿Qué nos depara el destino? Solo pasar hambre, esparcir relatos de barbarie, sufrir miseria o, según cuentan los antiguos, coger una pizca del infinito como tuvo en suerte Gael al desatender este infierno en el túnel del tiempo.

Allí se divulgan los discursos sobre el calentamiento global y universalizan los múltiples acuerdos y proyectos de protección ambiental.

Al superar mi desaliento y rehacer mi caminar por los corredores del tiempo, localicé la senda de retorno, pillé la salida y recuperé beneficios: “el color del trigo en el verano, la sabiduría de la naturaleza, la luz de una vela, la limpieza y longevidad de los esteros de las quebradas, la abundancia y sobriedad del universo, lo sagrado de la renovación, la fertilidad de la historia y la memoria, la curación de torpezas y la bonanza de los equilibrios dan la respuesta”.

Oidora exenta de culpa y testigo silenciosa del descubrimiento, fue la extensa plantación de eucaliptos zarandeada por ventarrones y difusora del rumor de olas cercanas: “El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan”.

Y, precisamente, con la reiteración de las marejadas, el decir del viejo y sabio profesor resguardó mi viaje.