REFLEXIONES DE ÚLTIMA HORA

Ilma de la Cruz Cross

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Me han desahuciado. Supongo que me quedan algunos días, con suerte algunas semanas, ¿quién sabe? Pero lo cierto es que me voy.

            “Me voy”, he dicho… ¿Me voy? No más decirlo y sé que es algo tonto, pues irse significa transitar de un lugar a otro, y quien se desplaza necesita como mínimo una entidad corporal animada, cuya presencia se constate primero en un sitio y luego en otro distinto; el cadáver, aquello que de material nos resta tras sobrevenida la muerte, no puede trasladarse, salvo al sepulcro con ayuda de terceros de buena voluntad. En otras palabras, no me voy, me llevan, y esta es una realidad que me resulta muy, pero muy molesta. Siempre me consideré una persona independiente; detesté sin reservas que alguien  intentase disponer de mí o tomar decisiones que únicamente a mí correspondían. Y lo peor, ¡cuántos actos míos, que ingenuamente creí libres, no fueron más que obedecer a impulsos exteriores a mí mismo, o enteramente desconocidos!

            Aunque para esta vida quizá sea ya un poco tarde, siento la imperiosa urgencia de buscar una realidad que hubiese podido o tal vez todavía pueda redimirme como autor y actor de mi propia existencia.

            Imagino entonces que no estoy a punto de morir y doy con una idea que me llena de esperanzas y alegría; la idea, hipotética para algunos, certeza para mí, de la continuidad, si no del cuerpo, sí de la conciencia o como quieran llamar a aquello invisible que sí puede, por su insustancialidad material, trasladarse en el tiempo sin el auxilio de otros y que me permite penetrar los verdaderos motivos de mis actos y, de ser necesario, enmendarlos.

            ¿No transita, acaso, la conciencia por las dimensiones del tiempo? Detengámonos aquí. ¿No hablamos de ir al pasado, de estar en el presente o de asomarnos al futuro? Sin pudor ni dudas, aseguramos que podemos retroceder al pasado para contemplarlo, para comprenderlo, para emitir juicios acerca de sus hechos y circunstancias. Lo absurdo es que, estando –según creemos- en el pasado, en el propio o en el de la humanidad, no podemos hacer nada por cambiarlo; nos constatamos por completo impotentes frente a hechos que estimamos  consumados, de manera que este pretérito, con su petrificación desesperante, es como si no existiera o no sirviera de nada salvo como un peso del que no podemos desembarazarnos. ¿Y el presente? ¿Quién no ha tenido la triste experiencia de constatar que tan pronto creemos haberlo asido, se nos esfuma, y en un instante ya se ha vuelto pasado, irreductible en su tenacidad por no dejarse escudriñar ni intervenir? En verdad nos parece una mala broma. ¿Existe el futuro, aquel que nos ponen delante para incentivar nuestros actos en una determinada dirección, o aquel con que nos ilusionamos? A simple vista pareciera que tampoco. Los hechos y las circunstancias que ubicamos en el futuro, como posibles, deseables o temibles, no parecen ser más que un juego de la imaginación. Nadie puede asegurar que dicho tiempo vendrá, o que esto o aquello sucederá, ni cuándo ni cómo. La única certeza que tenemos del futuro es la de la muerte. Así nos lo han enseñado; así la cultiva la moderna civilización.

            Y así vivimos; de esto estamos convencidos. Y yo, que estoy por morir, me doy cuenta que he vivido sin comprender el tiempo –lo que más me importa ahora- como me lo han dado a conocer, y que tampoco han existido entonces mi supuesta libertad y el sentido de mis actos. Pero es igualmente cierto que tengo 79 años y debo reconocer que alguna vez tuve 15, 8, 27 ó 55.

            Pero –insisto- descubro que hay otra perspectiva. Quizá –pienso- el tiempo sí existe, sólo que en la conciencia se nos aparece desmembrado, dividido, desviado. ¿Qué ocurriría si este tiempo ya no se relacionara con la evolución en la simultaneidad? Sería, sin duda una buena posibilidad para no quedar clavado en la soledad más negra, en la esterilidad más dolorosa, en la nada más absurda, con la única certeza de la muerte, de la extinción total, de la aniquilación sin remedio.

            Si, en cambio, el tiempo fuera efectivamente evolución, el pasado sería en nosotros lo menos perfecto que llevamos dentro, y el futuro lo más perfecto comparado con lo anteriormente descubierto, y el centro, el presente, simple y grandiosamente, el lugar interior de la transición,  en que el espíritu humano hace el tránsito y la metamorfosis de lo uno en lo otro. Esta idea del tiempo como cualitativo me consuela, pues entonces podría decir que el pasado, es decir, lo imperfecto en mí, sí tiene sentido porque puede ser modificado; y si el futuro es lo más perfecto a que podemos avanzar, entonces también existe en tanto sea concebido como ideal. Y entonces, ¿quién soy yo? ¿Soy este presente, que hasta ahora experimentara como minúsculo, casi inconcebible e imperceptible?

            Soy yo quien toma la mayúscula decisión de transitar evolutivamente, de trasmutar lo imperfecto del pasado en lo más perfecto del futuro. Por fin estos tres pueden coexistir en la simultaneidad. El tiempo escindido habría sido superado y me habría acercado a lo que he dado en llamar el organismo del tiempo en una nueva y superior realidad. Me habría vuelto trinidad en un tiempo trinitario.

            Lástima que ya, justo ahora, me tenga que ir… Hasta la próxima.