Encarar la Vida

Josefina Leoni

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Despertó a medianoche. Bueno, él creía que era medianoche. A los 39 sufrió un accidente que viró su manera de dormir; bañó su mano derecha en aceite hirviendo. Bueno, él conjeturó que hervía, furioso, negó el dolor y, alucinado, palpó la torpeza de escribir y el afiebrado exterminio de su entusiasmo pero, recuperándose casi de inmediato, pensó: “Gracias a Dios, la historia no está escrita, la vida no es latosa ni aciaga, asiduamente y desde siempre, cambia”.

Así, establecería como punto de referencia, un futuro en el cual la anotadora participaría y él, nos daría a conocer cuando ella reconquistase su habilidad. Con todo, la vida dispuso otra cosa; cuando su mano convalece, él, afectado por una fatal y agonizante carencia, es internado en una clínica, su asistente puede escribir pero su cerebro no envía ideas, ha perdido el talento a causa de una mezcla de infecciones y contagios. Sin orgullo pero no destruido, esa noche no palpó la afiebrada muerte de su fogosidad; aliviándose dijo para sus adentros: “No todo en la vida se construye a base de talento, también existen la voluntad y el sacrificio”. Y, juntos, su voluntad, su terquedad y su trabajo, demostraron que el genio se puede construir si no se posee.

Para él, después del aceite hirviendo y la pérdida del talento, esto se dio a ver como de otro mundo, un mundo virgen, un sueño dentro de un sueño y, esos eventos quedarían en el ayer, nuevos contratiempos saldrían a su alrededor.

Él escribió en sus apuntes, a nuestro buen leer y entender: “Es difícil dar con periodismo responsable, que estreche la difusión de escándalos y suministre información y datos relevantes sobre el diario acontecer; sencillo es, ver y oír a Opinólogos y figuras de televisión, son populares, incluso ascienden y llegan a ser creíbles referentes sociales… pero, no aportan a la construcción de una sociedad madura y pensante; en estos días centellea el saber escaso, la pobre iniciativa, la indecisión, la rutina, la falta de imaginación y el desconocimiento de nuevas responsabilidades exigidas por los cambios sociales. Vanidad, pura vanidad, nada más que vanidad…”.

Finalmente, los médicos le darían el alta y esa decisión colectiva le crearía un mundo nuevo. Esa noche, antes de retornar a sus labores en la usina donde se ganaba su frugal sustento, su depresión y alcoholismo cobrarían la deuda por pagar; y él, pensando en morir, movería su mano en busca de un arma.

Pero, por razones inciertas, al amanecer, él entró en trance y dio a entender que su muerte sería soberanamente improbable: “Igual como cada puesta de sol anuncia un nuevo amanecer en nuestro río de amaneceres, nuestra noche quedará en el ayer cuando nuestros relámpagos de aliento sean insistentes como el ciclo lunar; basta un gramo de creatividad, una gota de fe y una pizca de paciencia para estrujar el tiempo y ocuparnos de aquello que edifica a la persona y permite encarar la vida, incluso, cuando ella no sonríe” balbuceo al leer lo escrito en su diario de vida por el dipsómano de la mano escaldada.