Cuando el cielo lloró en Río

Catalina Araya

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Una multitud ocupaba la playa de Copacabana. Era un día de fiesta, jugaba el dueño de casa. Los cuerpos avanzaban en oleadas hacia las pantallas gigantes dispuestas en la arena, como en un concierto de rock. Se jugaba el momento clímax del mundial, la semifinal: Brasil v/s Alemania.

Con el pitazo inicial del encuentro, el cielo empezó a nublarse y la atmósfera se cubrió de mal augurio. A medida que avanzaba el partido la escena se veía más apocalíptica. Palmeras flameaban como banderas y el aire se despojaba de su calidez habitual. Con el primer gol de Alemania, desde las alturas, se desató la furia de los orishas.
 
Comenzó a llover, un éxodo masivo dejó la playa desolada. Los vendedores de caipiriñas buscaron refugio bajo un toldo en el edificio más cercano.

Desde el otro lado de la calle, no se lograba ver bien que estaba pasando en la pantalla gigante, tampoco escuchar. Transcurrieron unos minutos con la lluvia como protagonista, silenciando los comentarios y elucubraciones sobre el partido. Antes que acabara el primer tiempo, Alemania ya había tomado una soberbia ventaja de 4 goles.
 
Alguien mostró su celular, sacando del mutismo a todos bajo el toldo. Un instante después Alemania metió otro gol. Un relámpago se reflejó en el mar y lo siguió el trueno.

Los aparatos electrónicos se oscurecieron, la tormenta había extraviado su señal. “Changó se enojó”, dijo un hombre mientras se persignaba y miraba el cielo. Entonces caminé. Metros más allá, me encontré con varias personas que observaban el partido a través del vidrio de un restaurante. Otro Gol. Me quedé estupefacta. Quise ir corriendo a relatar como transcurría la semifinal a los que esperaban angustiados que retornara la señal al celular. Me mojé por el camino y cuando llegué al refugio, la tormenta se había desatado con más furia. Antes de alcanzar a soltar una palabra, me enteré que durante mi breve periplo, otro grito de gol retumbo en el Estadio de Belo Horizonte.

En Copacabana las pasiones futboleras se retiraban silenciosas, mientras que el cielo lloraba. Los únicos que se quedaron en los alrededores de la playa, fueron argentinos. La tormenta refrescaba su entusiasmo. Entraron en un éxtasis colectivo. Aparecieron cantando, tocando bombos y saltando.

Se tomaron las calles de Copacabana con banderas y júbilo. Aunque Brasil no perdió en la final contra ellos, como anhelaban, ser testigos de la derrota de su enemigo histórico, era tan placentero como un triunfo nacional.

Un joven trepó como mono por un poste de luz hasta lo alto y desde allí, lanzo una cuerda a otro compañero que igual de ágil había trepado el poste del frente. Lograron desplegar una enorme bandera mirando desafiante hacia la playa vacía, mientras continuaba lloviendo. Los orishas cobrarían su revancha en la final.