Siempre Joven

Roberto Aldebarán

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Hace poco, diecisiete años quizá, en algún incomparable recodo del tiempo, Lydia irrumpió en la vida de José y manan las casualidades, el vagabundeo de la inocencia florece, surgen intereses comunes, viven el llegar de una impar época de renacimientos,  

Crearon espacio para las conversaciones gratuitas, aprendieron a detenerse y producir silencio, descubrieron la belleza de procesar los sosiegos, habitaron en la magnificencia de perseguir y producir silencios, construyeron el mundo del querer.

Un universo del cual, tímido se sale cuando, inducido por sentimientos de generosidad y solidaridad con el prójimo y la convocatoria a participar en la instalación del mundo del deber, es urgente perseverar en el desarrollo de la ciencia y el bienestar.

Y, para José, la riña entre el deber y el querer es como una férrea comba de su columna vertebral. La ausencia es frecuente, la agenda es extensa y suave el caracolillo del anhelo de regresar a Lydia su autora de remansos de silencio y eterna consejera.

Ayer, en la cubierta del velero y entorpecido como si estuviera en un sueño, José regaña a su memoria: – “Lydia es mi éxtasis, mi estrella, ojos de cielo es el porqué de mi vida pero, lo inaplazable es primero, mi trabajo, tú lo sabes y no entiendo tus hirientes regaños” – dolido y turbado susurraba el hombre.

Hoy, ya instalado en su camarote y boca abajo en su cama, José pide dormir. Relajado suspira y semiinconsciente murmura: – “Lydia mi atractiva damisela, si tú quieres yo quiero…”.

La somnolencia le vence y suave naufraga la invocación. Un vaticinado reflejo de esperanza sosiega su inquieto sueño. En las beatíficas nubes de primavera cabalga una espléndida luna nueva.

Al alba, el sol apresa la radiante madrugada y cuarenta velas en el horizonte dan la bienvenida, al mismo tiempo, la equidad y la calidad llegan al poblado de la incertidumbre, bajan al río, descubren los sellos del impreso sigilo, una perplejidad irresoluta las inunda y asoman las primeras palabras de latente rivalidad: – "Parece que preparan un juego – dicen ambas".

Las recién llegadas, envueltas con el manto del conocimiento seguro y claro de la certeza, ven a la diversidad llegar acompañada por el desarrollo y, con espanto, escuchan su oferta: – "Para vencer la molesta desprolijidad vamos a deslizarnos por el río".

– “No iré, tú puedes ir” – expuso la equidad mientras retornaba al hogar. Así la calidad se suma al certamen y el trio remonta el río en busca del cercano vecindario de la desprolijidad, destino de un viaje considerado en etapas.

– “Vamos a revivir la leyenda” – ideó la calidad desplegando fortaleza y, con la nobleza de su linaje, su intrínseca superioridad, su bella sonrisa y su elegante formalidad, confiada esperó resplandecientes respuestas.
– “Si vamos, cuenta conmigo” – cantó el desarrollo junto con agitar su mano al llamar a diseminar la perfección, acrecentar la pluralidad y, sembrar más probidad.
– “Y, también conmigo” – avaló la diversidad, perseverante promotora de la diferencia, gobernadora de la desemejanza, luz de la variedad y origen de la abundancia.

A la irrupción del trio los vecinos entablaron combate; muchos cayeron y la calidad oyó decir a la diversidad: – "Vámonos el desarrollo está herido" – y concibió por un momento: – “En esta batalla, el desprolijo impertinente, la confusa perplejidad y el secreto inviolable del sigilo, parecen invencibles”.

Fue así, entonces, como el malogrado trio regresó al imprudente poblado de la incertidumbre aventurera. La calidad desembarcó, fue a su casa, encendió fuego y contó a todo el mundo: – "Oídme, junto al desarrollo y la diversidad, reñimos con valor" – después permaneció en silencio mientras lo desprolijo saltaba de gozo, y el sol oculto tras grandes nubarrones curiosea, descubre las fortalezas y debilidades de los combatientes y procede a fin de superar el conflicto ribereño.

El galanteo de una enmarañada complicación, y la fascinante maravilla del mejorar, deslizan una impetuosa llamada. El engañoso arte del quehacer atrae, y el valor del confirmado apoyo, impulsan a correr muy de prisa.

Una granizada de certeras locuras y desaciertos, regando sembradíos de agresiva hostilidad, ciega al sol y demora unas horas el intranquilo papeleo del proceso final de la pacificación. Un torrente de conjeturas inunda mil canalillos de resquemores, la luna hace tiempo a la espera de mejores ciclos y, una encrespada calma aguarda el desenlace tratando de adivinar el ardor de los resentimientos y el fulgor de la discrepancia.

– “El oficio se ha convertido en un collar ancho y fuerte, muchas veces en el erizado de puntas de hierro que preserva al hombre de las mordeduras de los afectos y el anhelo de días con ella” – susurra José pegando su cabeza a la almohada.

En un retuerzo del pasar del tiempo, el hombre cabalga en vivaces deseos y vibra en sangre y labores. De nuevo, la ocurrente oportunidad y las amables circunstancias cruzarán su cielo, sabe que mañana será el primer día del resto de su vida. Con todo, trabajará como si fuera el último. Intuye que la gloria es para siempre y cree ser parte de algo grande. Así actúa en toda fracción de tiempo cuando en esencia quien le impulsa es Lydia, su puerto de retorno, el motivo de su entrega, la osada temeridad de su apasionada alianza y la razón de su retorno.

Cuarenta velas en el horizonte despiden a los viajeros, en cubierta, José mira la maniobra de zarpe mientras graba en su memoria: – "Resolver dificultades y colaborar en la creación de relaciones más justas y productivas, es sensato pero fugaz... muero por los brazos de Lydia cuando me quiere querer”.