A MÍ, NO ME INVITEN

Luis Atria

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La sala de la junta de vecinos se encontraba habilitada para recibir a uno de los suyos, varias sillas en tres de los costados y el último espacio libre a propósito, para colocar la urna de José Sepúlveda Bernales.

Fue un buen vecino de la Villa Los Aromos y como tal se esperaba que se reuniera mucha gente a dar el pésame a los deudos, la señora de José y sus tres hijos.

            ―Laura, puedes contar conmigo―le susurró con un fuerte abrazo su gran amiga Mercedes.
            ―Laurita, aún no lo puedo creer― eran las acongojadas palabras de su cuñada Bety.

El cuerpo inerte permanecía inmóvil en el féretro ubicado al costado de la sala. Rodeando el cajón se encontraban los deudos más cercanos, unos con ambas manos en el rostro y los otros atendiendo a todo el que llegaba a dar las condolencias.

            ―Comadre, fuerza, mucha fuerza―le aconsejaba su compadre Luis, al momento de acariciarle la cabeza.

En una esquina de la sala estaba ubicada una mesa con termos con agua caliente, café y té, dulces y panecillos de queso y jamón, (no vaya a ser cosa que después se escucharan malos comentarios por la poca atención).

Los familiares directos continuaban recibiendo abrazos y palabras de consuelo. Ellos casi no escuchaban lo que les decían al oído; el dolor por la pérdida era tan fuerte que los volvía sordos. Felizmente, gracias a ese estado no se percataban del grupo que estaba en la puerta de la sala contando anécdotas y chistes, olvidando el verdadero motivo de esa reunión.

“¡Que desgracia más grande!”, pensaban en general todos los asistentes, concordando que era una gran pérdida para la familia y por qué no decirlo, de toda la Villa Los Aromos.

No faltó el vecino que quiso hablar recordando al que ha partido. Todos escucharon en silencio. El orador se sintió importante y se explayó más de la cuenta, pero nadie lo interrumpió.

Entre los sollozos, los abrazos y las buenas palabras que se irían junto a las coronas se encontraba él, los observaba desde lo alto de ese aposento. Muchos de sus amigos, a otros que no veía en años, y varios sin entender por qué se encontraban allí. Mientras, su querida familia quería que todo pasara rápido, que el dolor no durara eternamente.

La muerte llegó en forma intempestiva, un accidente vial fue la causa. No estaba listo para esta circunstancia, aún se sentía con muchas ganas de vivir, tenía proyectos familiares que quedaron truncos por un semáforo no respetado.

No se sentía a gusto en ese lugar, habría querido que en su velorio estuviera su amada familia y sus amigos más cercanos, que fuera una fiesta de despedida con canciones, tragos y mucha alegría, la misma alegría que había mostrado durante su vida.

Pero no podía hacer nada más que observar, esperar la soledad de la noche para  en un intento póstumo tratar de despedirse de los que más amaba.

Incómodo esperó que pasaran las horas, se quedarían sólo los suyos, al fin de cuentas no era culpa de ellos la situación que experimentaba, sonriendo pensó: “para la próxima, no me inviten a mi funeral”.