Viaje Inolvidable

Catalina Araya

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Todos los días tomo el bus a la misma hora. Salgo del trabajo ansiosa porque los minutos de viaje trascurran rápido. Por lo general, durante el camino mi atención se vuelca a mi celular; la gente alrededor me parece ruido de fondo, no los observo, y al llegar a casa, ya no puedo recordar ni siquiera al que estaba de pie a mi lado. Pero ese día fue diferente.

Trepé al bus y, si bien no pensaba mirar el paisaje, me instalé lo más cerca posible de una ventana. Cuando sacaba el celular de mi bolsillo, vi de reojo a una mujer junto a la puerta. A diferencia de los otros pasajeros, ella parecía sumamente presente en ese momento. Olvidé mi celular y me detuve en ella.

Aunque intentaba simular ser discreta, la mujer no podía controlar sus ganas de mirar hacia los asientos más próximos a la puerta. Seguí la dirección de sus ojos y me encontré con su objeto de deseo: un bello joven mulato.
 
También yo quedé cautiva, sumergida en el misterio de su color. Sentí una pulsión recorriéndome y el bus se convirtió en territorio instintivo.

Los ojos del mulato iban desde la ventana hasta la puerta del bus, pero nunca se detenían. No podía asegurar si se insinuaba o sólo era el vagabundear de su mirada, que tropezaba casualmente con nosotras.
 
Sonó su celular. Él respondió de inmediato, hablando de manera fluida en lengua creole. Imaginé que conversaba con un amigo, quizá el mismo que le había sugerido venir a Chile. Él sabía que lo contemplábamos. Me di cuenta que de vez en cuando nos miraba sin pudores. Mientras tanto, yo imaginaba que en esos sonidos incomprensibles relataba como ambas no podíamos quitarle los ojos de encima. Sólo pensar en eso me hizo sonrojar.
 
Dirigí una mirada seca a la mujer de la puerta. Deseaba con fervor que ella saliera de la escena, lo quería sólo para mí.
 
Al pronunciar cada palabra, él hacia temblar sus labios voluptuosos. La mujer allegada a la puerta mantenía su boca entre abierta, y parecía que el ritmo cadencioso de la legua francesa africanizada, remecía su lujuria. En cambio, yo me detenía en su musculatura. Con cada inhalación, unas líneas vigorosas traspasaban su ropa y la tensaban.
 
La mujer le dirigió una última mirada, suplicante. Él mantuvo la sonrisa que dominaba su expresión, sin dejar de conversar a través del teléfono. Sentí que yo había triunfado y disfruté al ver el rostro de decepción de la mujer cuando cargó sus bolsas y descendió del bus.

Creí tenerlo sólo para mí, pero antes que el vehículo acelerara, otra mujer subió y se quedó cerca de la puerta. No pasó mucho tiempo antes que el joven apolíneo captara su atención. El juego de miradas se reinició. Unos paraderos más allá fue mi turno de descender. Sometida por el deseo, mis ojos recorrieron su cuerpo con descaro, por última vez.  El bus se marchó, entonces noté que jamás el viaje de vuelta a casa había transcurrido así de rápido.