El caso de Samuel Arriaza

Luis Atria

Image

El teléfono sonó insistentemente por varios minutos en la casa de la madre de Elsa, nadie contestó la llamada. Esta se repitió dos veces con el mismo resultado. Debe haber salido se dijo a sí misma, más tarde la llamaré.

A eso de las cinco de la tarde volvió a llamar, esperó otros tantos minutos y al no tener respuesta se preocupo y decidió ir a visitarla al día siguiente. Hacía más de dos semanas  que no sabía nada de ella.

Despertó muy temprano. Había tenido una mala noche, sorbió un café mientras marcaba el número, escuchó el llamado nuevamente por varios minutos, nadie contestó. Preocupada llamó a su hermano y a su padre para pedirles que se juntaran lo antes posible en la casa de la mamá. Un negro pensamiento ocupó la mente y se dispuso a salir al hogar de su progenitora.

Días antes, en aquella casa se había escuchado el grito desgarrador de una mujer; no alcanzó a oírse un segundo alarido, pues una certera puñalada en la yugular apagó el sonido. Con la sangre escurriendo a borbotones por su garganta cayó al piso de la cocina.

La mano asesina le propinó otras puñaladas en diferentes partes del cuerpo. Como pudo la mujer se arrastró por el piso buscando algo que la ayudara, pero nada. La sangre quedó en el piso, en las paredes, sillas y utensilios, mostrando lo cruel y macabro que había sido el crimen.

Después de unos minutos, se escuchó el cierre de una puerta y quedo sola, agonizando, sin poder dejar ninguna seña sobre quien la había asesinado.

Ahora, Elsa, se encontraba golpeando la puerta de la casa; los nudillos le quedaron rojos de tanto insistir,  sin resultado. Desesperada se dirigió al cuartel de bomberos que quedaba cerca de la casa,  la conocían de chica por lo que estaba segura que alguien la ayudaría.
 
            ―Perdí las llaves de la casa y no puedo entrar, por favor ayúdenme―le dijo a la persona que se encontraba de guardia.

Al poco rato era acompañada por tres voluntarios. En pocos minutos lograron el propósito  y ella les agradeció afectuosamente. Los bomberos no llegaron a caminar unos metros y sintieron un grito desesperado que los hizo regresar a la casa. Hallaron a Elsa en el suelo abrazando un cuerpo totalmente cubierto en sangre.

            ― ¡No, mi madre no!―gritaba entre sollozos. Trataron de levantarla, pero fue imposible; la hija no soltaba el inerte, frio  e impregnado en sangre cuerpo de quien había sido su madre.

            ―Mamá, mamá, ¿porqué te hicieron esto? No puede ser,  por favor ayúdenme, llamen una ambulancia― Elsa no se daba cuenta que no se podía hacer nada. Después del shock, el bombero de más alto rango llamó a las policías.

            ―Elsa, por favor no toque ni mueva nada, tranquilícese― le decía al tiempo de abrazarla y tratar de levantarla, tenía toda su ropa ensangrentada.

En el mismo momento que llegaron Carabineros e Investigaciones, llegó su hermano Rubén, entró corriendo pensando que algo malo le había sucedido a su madre, pero nunca imaginó el macabro cuadro con el que se encontró. Las rodillas se le doblaron, si no es por un funcionario policial que estaba a su lado habría caído al suelo. Algo repuesto, abrazó a su hermana llenándola de preguntas.

            ―Elsa, dime, ¿sabías esto cuando me llamaste?, ¿Qué pasó’?, ¿sabes algo? Dime por favor, necesito saber. Ella lo único que hacía entre sollozos era mover su cabeza; no tenía  respuestas.

Hizo su aparición el fiscal que tomó el caso, éste encomendó la tarea de investigar el crimen a la Policía de Investigaciones. Dos horas después el equipo multidisciplinario de la PDI ya tenía en su poder fotos del sitio del suceso, de la occisa, muestras de todas las huellas encontradas.
           
Rubén el padre, le había avisado a su hijo que llegaría en la mañana del día siguiente.
El comisario solicitó a la familia salir del lugar, pero debían estar atentos pues serían citados a declarar en cualquier momento. Quería ver la paciente labor de su equipo.

A los hermanos, el resto de la jornada se les fue en los distintos trámites que tuvieron que hacer.

            ―Elsa, anda a dormir a mi casa, tenemos mucho de qué hablar y así vamos juntos a buscar al papá mañana― dijo Rubén sin soltar a su hermana. Era lo más natural, ambos necesitaban apoyarse.
 
Durmieron muy poco, temprano en la mañana se dirigieron al terminal de buses para encontrarse con su padre, llegaron justo cuando bajaba del bus.

Hacía varios meses que no lo veían, el abrazo que le dieron no habría sido tan efusivo de no ser por la triste noticia que le darían. En pocas palabras dijeron lo sucedido. El padre no lo podía creer, luego de unos segundos de estupor, les llenó de preguntas que no tuvieron respuestas pues un llamado de la PDI les solicitaba se dirigieran lo antes posible al cuartel.

El interrogatorio fue individual, una hora cada uno más o menos, luego de ese trámite les pidieron que no se ausentaran ya que seguramente los llamarían de nuevo.

El comisario junto a su equipo investigativo no sacaron nada en limpio fuera de saber que los tres tenían sus respectivas coartadas y principalmente no había ningún atisbo de motivo contra su madre.

Los sabuesos comenzaron una ronda de interrogatorios a vecinos y amigos de la familia, ninguno aportó un importante. La señora vivía sola desde que se separo del marido, existía una buena relación entre los padres y los hijos. No hubo un robo, no había alguna herencia, la casa donde ella vivía estaba a nombre de su marido. Era una familia tranquila. Ningún vecino escuchó gritos ese día y cómo ella salía muy poco a nadie le extrañó no verla.

Al fiscal lo presionaban sus superiores y la prensa, ésta se daba un festín con el caso. Los detectives interrogaban a cualquiera que se imaginaban tendría un dato que los encaminara a encontrar un sospechoso. Todo era inútil.
Al mes de sucedido el horrendo crimen, padre e hijos fueron citados por fin al cuartel de investigaciones para el reconocimiento de un jardinero del sector que no había sido claro en sus respuestas.

            ―Ese es el hombre― dijo el comisario mostrando al individuo a través del ventanal; los tres lo reconocieron de inmediato, era Juanito, un hombre muy conocido en el barrio que trabajó el jardín de la casa algunos años atrás.
 
            ―No puede ser él, es un buen hombre, trabajador y honesto― arguyó Rubén padre. Los hijos estando de acuerdo, añadieron que siempre lo habían ayudado.

Dos días después quedó en libertad, el día del asesinato Juanito trabajó hasta tarde en otra casa a veinte cuadras del sitio del suceso.

El tiempo pasaba y la policía no aportaba ningún dato nuevo a la familia, no tenían sospechosos. Su madre no tenía enemigos, al contrario, era querida por todo su entorno, si no hubo robo no se encontraban razones del crimen.
Los familiares fueron interrogados dos veces más con el mismo resultado.

En la tarde de un día de la octava semana a las veinte horas, ingresó a las dependencias del cuartel de investigaciones un hombre de mediana edad, corpulento, bien vestido, se identificó como Samuel Arriaza y que deseaba hablar con el comisario. El detective de guardia preguntó el motivo y quedó silente al escuchar la respuesta: ―Soy el que buscan, yo maté a la señora que aparece en esta portada―, dijo al momento de mostrar un periódico.

A una seña del funcionario, otros tantos se abalanzaron sobre dicho individuo y lo llevaron a una sala para ser interrogado. El oficial a cargo dijo: ―Bien don Samuel, cuéntenos todo ¿con qué la mató, cómo entro a la casa, usó armas, y principalmente, el motivo de porqué lo hizo?

Se produjo un silencio, el hombre sin parpadear y con la  cara muy seria le respondió: ―Señor oficial, en primer lugar apague la cámara, luego hablaré.
           
Una vez que un detective retiró el aparato el hombre prosiguió: ―Tengo un motivo y respuestas a todo lo que usted me plantea pero, ustedes son los investigadores, ustedes deben encontrar las pruebas correspondientes. Me podrán encerrar, más sin pruebas en mi contra aunque les duela, saldré libre.  
El oficial no podía creer lo que acababa de oír, se paró de su asiento, tomó a Samuel por los hombros y le gritó en la cara: ― ¿Qué te crees mierda? Con nosotros no se juega, ¿Por qué me contaste todo esto, pero solo la mitad, quieres hacerte famoso y salir en la tele?

Samuel, sin titubear lo miró directamente a los ojos y le respondió: ―Mire, señor oficial, he leído los diarios, visto las noticias, conferencias de prensa, etc. Y ¿Para qué, me pregunto? Andan más perdidos que ocho. Decidí darles una manito. Es verdad que el robo no fue el motivo, yo fui en busca de algo que allí perdí y era mío, no quería matarla pero todo se complicó…

Se produjo un silencio y luego prosiguió: ―No les diré nada más que para eso les pagan. Deben averiguar todo, de otro modo sabrán con certeza que el crimen perfecto…sí existe.

Efectivamente Samuel quedó en calidad de imputado por el crimen, la Jueza dio tres meses a la fiscalía para encontrar las pruebas que demostraran la culpabilidad de dicho individuo.

Los sabuesos comenzaron a indagar en la vida de Samuel. No fue mucho lo que pudieron averiguar, era como si hubiese estado desaparecido por años, no existían datos de trabajos, ni de estudios, tampoco dónde había vivido todo ese tiempo. La información que se podía recabar con el número de su Rut no era mucha. Al parecer Samuel había vivido por años en el limbo.

Estaban a la deriva, Raúl Comandari, el comisario, dirigió la investigación de su equipo hacia el núcleo familiar. Cómo habían tenido una mala experiencia con el primer sospechoso, evitaron enfrentar a Samuel con la familia, pero ya era hora, algo podía surgir de ese encuentro.

Rubén padre y su hijo fueron citados, al igual que Elsa, a un careo con Samuel el miércoles siguiente a las 8:00 horas en una sala habilitada, para tal efecto, en la cárcel donde el imputado permanecía hasta que se realizara el juicio; cuando estuvo frente a ellos, pasaron más diez minutos sin tener claro quién era, luego los tres lo reconocieron, hacía más de veinte años que no lo veían.

El comisario decidió interrogarlos por separado, en una de esas aparecía algún dato interesante. Al día siguiente comenzó el interrogatorio con Rubén padre: ―Bien, don Rubén, ¿dónde y cómo conoció a Samuel?

El padre contestó con un pequeño sesgo de nerviosismo: ―Estando casado con Elsa, ella lo llevó a la casa, era muy pequeño, comentó que este pobre niño no tenía a nadie, lo había encontrado vagando en la calle con hambre y frio. Por favor, me dijo, tengámoslo hasta que averigüemos de su familia.

Rubén prosiguió: ―Estuvo con nosotros alrededor de dos años y tal cómo había llegado, intempestivamente un día desapareció y no supimos más de él, fue algo muy raro ya que se llevaba muy bien con mis hijos, era cómo el hermano menor; por más que averiguamos no lo pudimos encontrar.

            ― ¿Qué edad tenía cuando desapareció?― preguntó el detective.
            ―Diez u once años― contestó Rubén que después de ese pequeño interrogatorio fue despachado a su domicilio con recomendación de no ausentarse de la ciudad, más como él trabajaba en otro lugar, cerca de Santiago, debía estar atento a una llamada que lo citaría nuevamente.

Le tocó el turno a Elsa, ella nada aportó a lo que su padre había declarado y, el interrogatorio prosiguió con Rubén hijo, lo único distinto que agregó fue que con Samuelito habían sido muy amigos, compinches, en la cancha del barrio y todas las travesuras propias de la edad. El sintió mucha pena cuando Samuelito desapareció.

El equipo a cargo de investigar se abocó a buscar en registros de nacimiento de treinta años atrás. Por fin encontraron un dato importante, una fecha de nacimiento con el nombre de Samuel Arriaza Arriaza, padre desconocido, el nombre de su madre era Victoria Arriaza Méndez, de profesión asesora del hogar y un domicilio en San Bernardo.

Con esos datos los detectives armaron un relato coherente, la madre soltera no fue capaz de mantener a su hijo, después del parto se encontró sin trabajo había sido despedida, Samuel al parecer era producto de un abuso patronal, Victoria habría hecho lo que pudo con su hijo hasta que las circunstancias de pobreza la habrían obligado a dejarlo a su suerte en la puerta de una iglesia. Estos datos lo consiguieron al recabar en distintos hogares de menores. En uno de ellos apareció Samuel, tenía tres años cuando ingresó a uno de ellos y durante varios años estuvo en otros tantos ya que se escapaba y la policía lo internaba nuevamente. Vivió así hasta que la suerte lo conectó con Elsa, ella lo vio deambulando muy triste una tarde de mucho frio y lo llevó a su casa.

Los detectives se dirigieron al domicilio de la madre de Samuel, encontraron otra familia que arrendaba dicho hogar hacía más de cinco años. La madre de Samuel se habría ido a vivir al sur del país sin existir dato de su paradero.

Las pregunta eran: si Samuel cometió el asesinato, ¿cuál fue la razón?, Si se encontraba bien en la casa de Elsa, ¿Porqué se fugó de allí?

Los investigadores volvieron al domicilio del crimen, lo recorrieron de arriba abajo, último fue el entretecho de la vivienda. Este se encontraba atiborrado de muebles viejos, herramientas sin uso por años dado el óxido que tenían y muchas cajas, éstas empezaron a ser revisadas una por una. Hallaron fotos, cartas, ropa vieja y apolillada, nada que aportara algún dato importante.

Uno de los detectives, que participaba en la revisión, abrió una de las últimas cajas que faltaban y al ver su contenido la cerró y partió con ella donde el comisario, algo había aparecido. Después de visto el contenido el comisario con el detective Román, que era el que había llevado la caja, se dirigieron al hogar de Rubén hijo, al ser interrogado se le refrescó la memoria y aportó otro dato importante, Samuel habría desaparecido de la casa de sus padres al poco tiempo que ellos se habían separado.

Uno de esos días apareció la foto del inculpado en el crimen en los diarios del país, ese mismo día el comisario recibió un llamado telefónico, era la madre de Samuel, conversaron alrededor de sesenta minutos.
 
El inspector tenía resuelto el puzle, sólo faltaba enfrentar a Samuel en forma sagaz para quebrarlo, y se rindiera definitivamente ante lo inevitable.

Raúl Comandari se dirigió a la cárcel una vez más, llevaba unas cartas bajo la manga para enfrentar al asesino: ―Bien, Sr Arriaza, sabemos que usted vivió en casa de la Señora Elsa, con toda la familia alrededor de dos años ¿por qué se fugó de allí si era tratado como uno más de la familia?

            ―No recuerdo― respondió Samuel.
            ―Le refrescaré la memoria― exclamó Comandari―usted fue abusado sexualmente por Rubén padre en varias ocasiones, hasta que no lo soportó más y se fugó. Eso le pasó ¿verdad?
            ―No, no ―expresó Samuel muy contrariado
            ―Usted no habría encontrado apoyo, no le creyeron en la familia…
            ―No, no―repetía Samuel; el sabueso no quería soltar la presa y siguió presionando al inculpado: ―Usted fue a vengar su honra, por eso la mató.

Muy quebrado emocionalmente Samuel gritó: ― ¡No! no era mi intención, sí fui en busca de limpiar mi honra y enfrenté a la señora; al comienzo no quiso recordar, me decía que nada había pasado. Ante mi insistencia y de explicarle que lo vivido me había cagado la vida, se quebró y en llorando reconoció que lo había sabido desde que comenzó su marido a abusar de mí, que habló con él,  la primera vez y le habría prometido que nunca más lo haría. Luego solo cerró los ojos y no quiso ver nada más, que la perdonara. Perdón, perdón me gritaba, por eso me separé exclamó la señora.

Samuel, prosiguió: ―Hasta ese día pensaba que ella no se había dado cuenta del calvario que yo vivía pero al enterarme de la cruda verdad se me nubló la cabeza, vi todo rojo y tomé un cuchillo que estaba en la mesada de la cocina y descargué todo mi odio, mi rencor, mi rabia. En la cabeza sólo tenía tristes recuerdos vividos en esa casa.

Se produjo un silencio, ambos hombres se miraron por segundos, Samuel se dio cuenta que estaba perdido, había contado el motivo del crimen, se rindió y confesó lo que había hecho con el arma.

El sabueso, respiró profundo y se paró, antes de salir dio una palmada en el hombro de Samuel, sintió compasión por aquel hombre. Al enfrentarse con su equipo investigativo les pasó la cinta grabada y orgullosamente comentó: ―Un crimen perfecto es aquel del que nadie tiene idea que se cometió ―y salió del recinto en dirección a su casa.

Cinco meses después el juicio había terminado, la sentencia se había dictado.
La sala abrió sus puertas puntualmente a las 06:00 horas, 34 butacas estaban colocadas ordenadamente en dos filas, al medio un pasillo. EL mismo número de personas habilitadas para entrar lo hicieron en silencio, eran familiares directos y amigos. Cinco periodistas, el resto eran testigos que participaron del proceso. Cada persona se ubicó en la butaca que le estaba asignada, todas mirando de frente a la sala contigua donde se encontraba un hombre recostado y ajustado por cinturones a una camilla. Había sido declarado culpable de un crimen con todos los agravantes que la justicia determina para decretar la sentencia de muerte. La hora de la ejecución estaba fijada para las 06:30 horas.

Detrás del público, en otra sala se encontraba una cincuentena de personas, incluidos periodistas sin acreditación. El hecho era de connotación nacional,  habían pasado tres décadas sin que esta sentencia fuera dictaminada para otros casos.            Entre los que se encontraban tras las puertas había amigos del acusado, amigos y familiares de la mujer asesinada. Unos esperando que la hora avanzara y se cumpliera el castigo asignado. Los otros con la esperanza que los últimos trámites realizados por los abogados defensores tuvieran su efecto y se suspendiera la ejecución. El aviso podría ser en uno u otro sentido y, para los familiares del acusado, hasta el último existía una posibilidad de salvación.

Las 6:20 y nada cambiaba. El reloj avanzaba lento o rápido, según de quién fueran los ojos que lo observaban. La espera se hacía odiosa para todos. Existía un silencio sepulcral.

06:27, 06:28 y a las 06:29 por fin el teléfono emitió el sonido esperado por todos. Como resultado de esa llamada se produjo un griterío ensordecedor, unos aplaudiendo y otros reclamando. El más indignado era el fiscal, estaba seguro de haber hecho bien su trabajo, había aportado todas las pruebas y aún así la sentencia se había pospuesto por un mes, un mínimo tiempo para que la fiscalía subsanara el error cometido, de otra manera el inculpado, Samuel Arriaza, saldría libre y su crimen quedaría impune.

El comisario Raúl Comandari recibió un llamado del fiscal, lo dejó perplejo. En él recaía la culpa; en su modus operandi para encontrar las pruebas estaba la falla. Consternado escuchó las recriminaciones de su jefe y asintió cuando le pidió que revisara todas sus investigaciones y fuera más profesional al actuar. Él estaba seguro que así se hizo, se sumergió en cajones recopilando todos los antecedentes del caso para examinarlos minuciosamente.

Días después fue al tribunal para aclarar dónde se había originado el error, en la revisión realizada en su oficina nada había de lo que se pudiera arrepentir.

Le entregaron la solicitud al tribunal presentada por el abogado defensor, en una parte de su argumento aparecía el dato que permitió la postergación de la sentencia, “la confesión de mi defendido fue conseguida bajo coerción, producto de muchas horas de interrogatorio sin el lapso necesario para alimentarse o realizar sus mínimas necesidades básicas, una verdadera tortura hecha por el comisario Comandari; el señor Arriaza es inocente”.
 
El comisario respiró tranquilo, era sólo una avivada del abogado defensor, más, para asegurar de que nada nuevo podría surgir buscó no sólo una copia de la cinta con la confesión sino que agregó todas las grabaciones de los interrogatorios, en ellas se demostraba que lo que el defensor argüía era totalmente falso, esta vez Samuel Arriaza sería ajusticiado.

Habían pasado sólo dos semanas desde la postergación de la sentencia y, Comandari solicitó una cita con el fiscal y esta le fue concedida para el día subsiguiente a las nueve de la mañana.

Al llegar a la cita, el comisario encontró otra sorpresa. El abogado defensor solicitaba el indulto presidencial haciendo notar la intachable conducta anterior de su  defendido. Sabía que era el último recurso, no le quedaba ninguna otra carta que jugar.
 
Ante esta nueva maniobra, el comisario expresó al fiscal: ―Señor, si me permite un consejo, llame a una conferencia de prensa, recuerde que este caso causó mucho revuelo en la ciudadanía, la prensa nos hacía papilla y por último el acusado cometió un femicidio, delito muy castigado por la opinión pública y la nueva ley, con el agravante que su delito fue nada menos ante quién lo había prácticamente criado―, luego prosiguió―el Presidente no tendrá otra opción, si es que estuviera dudando, que rechazar tal petición.

Un día después de la conferencia de prensa, todas las portadas de los diarios, los noticieros de radio y televisión comenzaron sus programas con las últimas novedades del caso.

Pasó una semana, el vocero de gobierno dio a conocer la resolución que el presidente había tomado. Basándose en los agravantes indicados por la justicia y por último, que la resolución judicial era contundente, y se había cumplido con todas las instancias de apelaciones solicitadas por la defensa.

Dada así las cosas, le sentencia se llevaría a efecto justo al cumplirse el mes de la postergación. Samuel Arriaza Arriaza pagaría con su vida el crimen cometido, los familiares podrían estar tranquilos, la justicia había obrado como tal.