El hombre virtuoso

Daniel Andrés Martínez

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El Tabo, pueblo pequeño, donde la hermosa llovizna cae cuando lo desea sin tomar en cuenta si es verano o invierno, fue un oasis espacial.

Su gente era radiante, todo el mundo se conocía y todo encuentro era social, de compras en el super o la panadería, o al probar suerte en juegos de azar, exponían o recibían las últimas noticias, todas ellas más importante que las publicadas en el periódico regional.

En esos días, el tema fue el hombre virtuoso, digno varón viviendo la nobleza de sus cincuenta, galán de pañuelo al cuello, sumergido en perfume, siempre vestido de negro, porta boina medieval que cae al lado derecho de su no muy agraciado rostro maduro, que encubre un alma de romántico niño amante de la naturaleza y jubiloso gozador de un privilegio, en el transcurso de su diario paseo por la orilla del mar, brisa y gaviotas danzan como si él se comunicara con ellas y lo mismo ocurre cuando visita el supermercado, ciñe las manos de las damas exclamando “saludar es cortesía” frase convertida en su tarjeta de presentación provocando que la gente se preguntara ¿de dónde salió, ya no existe gente tan afable?.

Siempre con una sonrisa, nunca triste, participó en la parroquia cooperando con la comunidad, su semblante alegre conoció a una dama; feliz, sabía que su relación era un sueño, pasa el tiempo y una noche ella pregunta:

– “¿Por qué no te has casado? Eres bueno, hombres como tú, ya no existen”.
– “Cuando joven, estuve a punto, pero hay que estar enamorado; de siempre he amado la naturaleza, no soy de aquellos que se enamoran rápido, estoy dispuesto a esperar y, si el universo dispone otra senda la aceptaré; tú y yo somos libres, sabes que en cualquier momento nos separamos, es la realidad, nuestros momentos de pasión son hermoso pero no eternos, somos libres y el universo sabe más que nosotros” – respondió el hombre virtuoso.
– “Eres simpático, tierno, vives con pasión y amas la naturaleza pero, llegado el día quedaras soló, es triste quedarse solo” – respondió ella con dulzura.
– “Nacemos con virtud, la vida se enamora de nosotros, la naturaleza viene a nosotros; yo puedo compartir ambas pasiones, amiga, el universo se conecta directo con nuestro núcleo y regala la virtud, un Don” – murmura el hombre.
– “¿Nunca te casaras, porque no quieres? sonríe irónicamente la mujer.
– “Alexandra, soy hombre de carne y pasión, el universo envía este “Don” y, nada podemos hacer, pasamos etapas más elevadas que cualquier humano, es muy poca la gente que comprende nuestra situación, nos tildan de locos, o de otras épocas, no puedo obligar a nadie a pensar o actuar como yo… pero, bueno, lo mejor que podemos hacer es disfrutar este momento, porque no sabemos que pasara más tarde. Te aseguro, el día que una mujer conquiste mi corazón, compartiré mi vida con ella hasta la eternidad y serafines estarán presente confirmando mi verdad” asegura sonriente y con firmeza el varón.

El silencio irrumpió durante un tiempo mayor al normal, él se acercó a ella, puso su mano sobre su piel y su seno, para sentir el palpitar de su corazón, pulsaba suave, ella estaba tranquila y había claridad entre ellos.

Pasan los días, el hombre virtuoso se acerca al pueblo, pensando, el universo regalaría, lentamente se aproxima, en silencio pasa por mi lado, ensimismado como de costumbre, deja a sus espaldas un tétrico y viejo kiosco, una arcaica armazón de madera de color negro mezclado con café, donde salpica la lluvia  el plástico trasparente que cubre los diarios y revistas que rodean la pequeña ventana donde se paga y recibe el periódico. Anexa a ella, una agujereada y, mal llamada puerta, desde donde, de vez en cuando, emerge su propietario, un varón de sombrero y larga barba negra colmada  de canas timbradas por la nicotina, más que mortal, era un demonio vestido de humano.

Da miedo poner los ojos en él o cruzar frente al kiosco contaban las matronas y numerosos adultos temblaban al comprar, contamina la piel pronosticaban, el viejo es el mismísimo demonio murmuraban otros.

¿Períodos de retroceso y absolutismo? Solo rumores como tantos otros, dice hoy el lugareño, vaya al kiosco y ni una de esas contingencias acontecerá.

Al allegarme al lugar, la sonata en mi mayor de Juan Sebastián Bach llega a mi oído, el instinto golpea mi corazón, siento una fuerte punzada, mis pies están petrificados, pienso en los rumores. Universo ayúdame ¿el hombre ha hecho pacto con demonios… querrá un duelo conmigo? A la mierda, estar creyendo en cosas que nunca pasan, el dos mil no acabó el mundo, no juzgaré.

El instinto es más fuerte, enfrento con valentía el desafío, llego al kiosco, me pongo al frente, sale un anciano, es alto, casi un metro noventa, se va, una dama le reemplaza, es hora de colación, gracias universo y todos los serafines dije para mis adentros, el anciano carece de poderes  mágicos, un  escalofrió recorre mi espalda, no entiendo qué pasa, confundido miro revistas y diarios, titulares y rostros de mujeres, uno capturó mi atención, es luminoso como la misma naturaleza acompañada de un plenilunio, viajé y conecté con ella.

– “Va comprar o va mirar” –dijo la mujer del kiosco.  
– “Señora, ¿me puede facilitar la revista un segundo?” – contradije.
– “Oiga, usted es el señor del perfume del que tanto hablan en el pueblo”
– “Así dicen” – fue mi respuesta.
– “Me gustó mucho su perfume y de verdad usted hipnotiza a las mujeres”
– “Toda dama es bella y a cada instante la vida nos regala maravillas ¿cómo se enteró de mi secreto?” – pregunté.
– “Soy vidente, veo más allá… y sus ojos brillan” – responde con humor.
– “Despierta… despierta… estás hipnotizado” – exclama Alexandra.

Lentamente regreso a la senda diaria, miro sus ojos color de cielo y murmuro:
– “Tu  poderoso universo, donador de vida, camarada y compañera, recibe mi plegaria, desasosiego y perseverancia, tú hermosísima, un día interpretaré tu secreto, porque tú quieres y es tu voluntad “