A Buen resguardo

Roberto Aldebarán

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Las razones eran varias, no se trataba de lo peculiar ni de lo increíble, no fue la maravilla paranormal ni un sospechoso éxito en el mundo de los negocios. Ocurrió algo más humano y más cotidiano.

Todo empezó con hechos que rayaban en lo inverosímil: una madrugada de invierno, llegó con extraños visitantes y, al ocaso de otra época, regresó con forasteros de asombrosa vestimenta y, luego, en medio del negro azabache exterior, retornó en medio de ruidos inexplicables y luces misteriosas, más sorprendentes de lo imaginable en esas altas y prescritas horas de la noche.

Lo irrisorio de la situación y motivación del rumor, fue el creciente número de personas que ofrendaron ascendentes esfuerzos mentales destinados a desprestigiar lo absurdo de la habladuría y cada uno de los superabundantes momentos destinados a criticar lo curioso de la bagatela.

Desde las ventanas de su residencia, el muchacho vio toda la parafernalia y, el considerable intervalo de tiempo entre uno y otro suceso fue su pertinaz inquietud: ¿Cuántos han pactado con los esclarecidos príncipes infernales?, ¿Cada fenómeno es independiente del anterior o estamos en presencia de una red infernal? El joven Guardiola no salía a buscar respuesta ni esperaba visita.

Más aún, Guardiola guardaba celosamente su privacidad. No recibe invitados en casa, a excepción de esas personas jóvenes, desconocidas en las calles del pueblo o esas viajeras dispuestas a conversar con residentes en localidades lejanas.

Su conducta era imitada por todo residente miembro de la familia, excluidas las criadas y la servidumbre, siempre ansiosas del correveidile y envidiosas de la fortuna Guardiola.

Hay algo curioso tanto en esas situaciones sorprendentes como en los temas insólitos que parecen irreales o implican fenómenos antinaturales.

Lo extraño es paranormal, esto complica a gente que ataca lo que se supone no existe pero, no es tema para Guardiola.

Su secreto está a resguardo, y todo el vecindario lo sabe, él es un hombre de palabra. Criadas y servidumbre están juramentadas, nada escapa de la casa. Y, quien rompa su juramento será arrojada al cráter del cercano volcán con la gentil ayuda de todo aquel que asegura no dudar de su existencia.