Reconocer ese dolor es angustiante

Médico Alberto Larraín @albertolarrains

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Sé que reconocer ese dolor es angustiante incluso desolador, pero si no lo hacemos corremos un riesgo aún mucho peor, y es que al igual que a quien conociera hace unos días, la desesperanza y el dolor sean ya no una experiencia sino en la vida misma.

Hace unos días conocí a un cabro de 19 años, pero al verlo tal como yo, nadie pensaría que se está frente a un adolescente. A los 14 años abandonó su colegio y sus amigos, estaba entonces en sexto básico y pese a varias repitencias, reconocía que le gustaba ir por los recreos y el rato que jugaba la pelota. Su padre llevaba años maltratándolo física y psicológicamente, a él, su mamá y sus hermanos. Un día presenció cómo su padre una vez más golpeaba a su mamá, y por primera vez decidió intervenir, se tiró sobre él y comenzó a golpearlo. Su padre sangraba en el suelo y estaba inconsciente, su madre le suplicó que se fuera. Ante esto, hizo lo único que le quedaba: irse de su casa, irse de su barrio, y de su colegio.

Viajó a Santiago y desde entonces no ve a su familia, no cree que algo haya cambiado. Poco después conoció la droga, me dijo: “cuando consumo se me olvida todo, aunque sea por un rato y al menos tengo un rato bueno”. Sin embargo, no lo identifica como un problema porque en quienes lo rodean es algo habitual, él cree que puede parar cuando quiera.

Cuando conversamos, le pregunté qué quería hacer con su vida y me dijo, “esa pregunta no es para gente como yo, yo me tengo que preocupar por tener para comer”. Hoy trabaja en una ferretería, le pagan $300.000 mensuales, trabajando de 8 am a 19 horas pm, siempre que no haya más trabajo; y de lunes a sábado, bajo la premisa de su empleador de que si no le gusta se puede ir. No tiene contrato, tampoco salud, pero no le importa, porque es sano.

Al despedirnos, le dije que esperaba que las cosas mejoraran para él, y me dijo que él tenía la certeza de que no, que él seguiría siendo pobre, y que ésta era la vida que le había tocado. Mi primera reacción fue a tratar de contradecirlo, pero luego de un minuto me di cuenta de que él tenía razón, y que decir lo contrario era incluso absurdo.

Fue un encuentro profundamente doloroso, primero por la profundidad y sabiduría de la desesperanza de alguien que logra ver que más que vivir simplemente sobrevive, pero sobre todo por ratificarme el enorme dolor que yo creo que Chile cada día tiene, son millones los que día a día sufren, y cuando uno se conecta con ese dolor es tan grande que ignorarlo es imposible.

Llevamos años escuchando que Chile llegará al desarrollo, a los famosos 20.000 dólares per cápita, que fuimos los jaguares de Latinoamérica, y que somos los primeros en Sudamérica en entrar a la OCDE, que mucho se ha avanzado. Se ha avanzado en varias materias, pero no creo lo hayamos hecho en la más importante de todas, en términos de felicidad, pero lamentablemente quienes viven en el dolor no pueden pensar en el futuro porque sólo tienen presente.

El dolor de Chile ha ido creciendo desde la dictadura, al dolor de nuestros compatriotas exiliados, torturados y desaparecidos, se le ha agregado el dolor de la indiferencia y el individualismo desmedido desde la vuelta a la democracia. Chile es uno de los países más inequitativos del mundo y eso duele; Chile no sólo es el segundo país a nivel mundial que presenta más crecimiento del suicido adolescente y el país con más depresión y consumo de alcohol de Sudamérica sino el que presenta la confianza interpersonal más baja y eso sigue doliendo. Chile es un país donde colusiones como las de las farmacias y los pollos, o la estafa de La Polar finalmente son soslayadas de la justicia mediante defensas corporativas de clase y pese a ser el segundo país de América con más presos.

En la Araucanía están varias de las comunas más pobres de nuestro país pero nadie habla de esa violencia, sólo de la de los comuneros mapuches como si la violencia incendiaria no tuviera que ver con el dolor de centenares de años de marginación y humillación. Se ignora la herida en nuestra infancia, la herida de los 130.000 niños que están en el SENAME, buscando inculpar sólo a la institución, sin entender que cuando los niños llegan a ella ya es demasiado tarde. Chile es el país donde el sistema de pensiones no garantiza tener una jubilación digna, es más tenemos la certeza de que se nos obliga a tener que ser parte de un sistema que nos perjudica, donde se reparten las pérdidas pero no las utilidades y eso es un padecimiento crónico.

Ante todo este dolor, nos siguen respondiendo que lo importante es el crecimiento, que esa es la forma para medir el éxito del país y no el dolor o la felicidad que sus habitantes tengan. ¿Quién dijo que esto es ser desarrollados? Yo al menos no quiero alcanzar el desarrollo si esto implica ser desarrollados, este es el triunfo de un modelo neoliberal despiadado donde nos convencen de que la meta es el progreso personal y acceder a bienes y servicios que harán de nuestra vida más fácil y mejor, donde desaparece el sueño colectivo y el bien común y que nos matará de dolor.

Yo no quiero este desarrollo de 20.000 dólares per cápita donde el promedio esconde riquezas desmedidas sustentadas en miserias inhumanas. No quiero este desarrollo que se alcanza centralizando el país en guetos urbanos donde siempre los más pobres van quedando en la periferia, desarraigados de sus familias, de sus desiertos, de sus bosques y sus lagos, simplemente porque no vemos que Putaendo, Yerbas Buenas, Chépica o Porvenir son mejores lugares para vivir pero que los hemos abandonado por no ser económicamente rentables. Sé que reconocer ese dolor es angustiante incluso desolador, pero si no lo hacemos corremos un riesgo aún mucho peor, y es que al igual que a quien conociera hace unos días, la desesperanza y el dolor sean ya no una experiencia sino en la vida misma.